Opinión

Tiempos de pandemia y su ligazón en la salud mental

María Betsabé Caspani, presidenta del Colegio de Psicólogos de Santa Fe 1ª Circunscripción, reflexiona sobre los comportamientos sociales y los posibles caminos para transitar una realidad inesperada

Domingo 13 de Junio de 2021

Por María Betsabé Caspani (*)

La irrupción de la pandemia se presentó de un modo generalizado a nivel mundial como una catástrofe epidemiológica y social. Proceso que empezamos a transitar enfrentándonos a un futuro incierto, a un real desconocido cuya manifestación inexorable era el contagio masivo y desmedido, cuyas consecuencias podían ser mortíferas. Esta realidad trajo aparejada una modificación absoluta de la vida cotidiana, poniendo en jaque aquello más propio que caracteriza a la humanidad, la trama social.

Desde el Estado se esbozaron dos preceptos, uno alternando con otro, para impartir una regulación: el aislamiento social, preventivo y obligatorio/ distanciamiento social, ambos inscriptos en el discurso colectivo y en el tejido social.

El primer tiempo, de aislamiento, se presentó como un imperativo del Bien común, bajo el slogan #yomequedoencasa. En este sentido se demarcó aquello permitido y lo prohibido, estableciéndose en esta coyuntura un nuevo ordenamiento de la comunidad. Se erigió una modalidad de controlar los cuerpos y en consonancia, de mitigar los efectos adversos de la pandemia.

El otro mandato, el distanciamiento social, hay quienes lo han tomado a la letra, generando como consecuencia un repliegue narcisista y una interrupción en el lazo. Otros, han podido metaforizarlo, ya que alude al distanciamiento físico y no social.

A pesar de aquello demarcado, los comportamientos humanos han sido disímiles.

María Betsabé Caspani.jpg
María Betsabé Caspani, presidenta del Colegio de Psicólogos de Santa Fe 1ª Circunscripción.

María Betsabé Caspani, presidenta del Colegio de Psicólogos de Santa Fe 1ª Circunscripción.

Lo que se pone en escena, a grandes rasgos, podemos decir que va a ser en función de la lectura y abstracción que cada persona realice de estos preceptos políticos y sociales desde su bagaje simbólico. También de los recursos subjetivos, diferentes en cada uno, ligados a la historia, acontecer actual, estructura psíquica, la ética singular, entre otros aspectos.

Las acciones que se encarnen de forma individual o en masa (grupo) también pueden ser respuesta a los diferentes afectos que invaden la vida anímica: aquellos comportamientos que van desde un forzamiento adaptativo a las circunstancias, con el consecuente acomodamiento a las nuevas lógicas de “supervivencia”, pasando por otros ciudadanos posicionados desde la angustia-temor-miedo-pánico, hasta aquellos que como mecanismo de defensa desmienten o reniegan de la realidad. Estas divergencias son sustanciales y generan diversas formas de expresión. Ello incide categóricamente en la configuración del lazo con el otro como semejante humano, los vínculos sociales y la relación con el propio cuerpo.

Como una cuestión más generalizada se vislumbra en la ciudadanía sensaciones de agotamiento y efectos de tristeza. La incertidumbre frente al porvenir genera sufrimiento psíquico.

Para algunos el dolor de existir se ha desplegado en su máximo esplendor, representado por una sensación de vaciamiento, como una hemorragia del deseo. Más crudamente aparece en quienes han sufrido pérdidas inasimilables, que aún no han podido ser dueladas. Los estados de desesperanza y abatimiento resultan imperantes.

Las pérdidas han sido múltiples y se han desplegado en diferentes versiones: interrupción en los vínculos afectivos, internaciones, muertes de seres queridos, pérdidas económicas, desempleo, interrupción de proyectos de vida, situaciones de violencia exacerbada, heridas y marcas de las experiencias que se inscribieron como huellas de lo transitado, aún no tramitado.

La pandemia también puso al descubierto las desigualdades, la vulnerabilidad y la fragilidad humana.

El imperativo de nuestra época nos pulsa a la satisfacción inmediata y a la anulación del malestar, sin posibilidad de que medie la espera. Frente a este escenario, ¿ello es posible?

Hay una cuestión que es insoslayable, el cuerpo biológico. Pero somos sujetos del lenguaje, sociales y culturales. Nos humanizamos con otros, en esa interrelación. Resulta necesario producir otros modos de enlazarnos desde una dimensión de la ética del cuidado.

Es primordial proponer una narrativa que nos permita anudarnos a la esperanza de un horizonte, a la recuperación de proyectos, a retomar aquellas postergaciones, rearmarnos y reinventarnos. En otras palabras, que el motor de la vida en la causa del cuidarnos sea el deseo.

Quienes trabajamos en salud mental tenemos una función ineludible en esta coyuntura, como recursos humanos necesarios en la escucha y el acompañamiento del sufrimiento y padecimiento psíquico. Aquello que se torna imposible de nombrar, por el exceso de lo vivido, es necesario que se simbolice, que se le otorgue significación y sentido. Propiciar dispositivos para que lo que acontece se transforme en relato, que se historice, como una manera de salir de este puro presente. La tramitación es por la vía de la palabra.

La ética del cuidado, que remite al registro del otro, pone de manifiesto el acto de solidaridad. Construir redes de cuidado colectivos que instauren prácticas humanizantes y reivindiquen los lazos de ternura, son algunas de las salidas posibles.

(*) Mg. María Betsabé Caspani

Matrícula profesional N° 636

Presidenta del Colegio de Psicólogos 1° Circunscripción

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario